Miseria proviene del latín miseria, derivado de miser (“desdichado”, “afligido”, “pobre”).
Donde hay una falta, nace algo
Si nos posicionamos en esa visión de la falta, de lo que no tenemos, como pobres, obviamos que en todo hueco, en toda falta, nace algo. Nace la vida.
Esto es lo que ocurre cuando un bebé llora y es la madre quien nombra ese llanto: “Tiene hambre”. El deseo nace entre la necesidad fisiológica —hambre— y la demanda —pedir a través del lenguaje lo que supuestamente lo va a saciar—. Pero la realidad es que el bebé nunca jamás quedará satisfecho, porque la demanda nunca es del pecho, de leche, de nutrición, de sed; la demanda siempre es una demanda de amor, y eso no se puede decir tan fácilmente con palabras.
El lenguaje siempre nos parte, nos deja sin palabras aunque parezca dárnoslas. Y aquí, aunque aún determinado por la mirada del Otro, es donde más cerca podemos estar de lo que es nuestro de forma genuina. En esa falta soy y me muevo.
El deseo como motor de vida
Este es el deseo: ese motor de vida, esa energía brutal que no se puede nombrar, pero que es tan potente que lo mueve todo y nos mueve por completo. Nos reposiciona y, en ese reposicionamiento, encontramos el camino que creíamos perdido: el nuestro.
No pretendamos colmar la falta, pues ella nos hará libres.
Cuando el deseo toca tierra
El deseo necesita materializarse de a poco, pide tocar tierra. Nunca del todo, porque esto sería de nuevo tapar la falta, y esa falta es la que hace de motor, pero sí en parte.
Cuando eso ocurre, surge la magia. El que está sentado enfrente lo verbaliza, te habla de magia y desde la magia, literalmente. “Haz tu magia”, escucho a veces en consulta, y no es más que escuchar vuestro deseo y devolvéroslo, porque es vuestro. Ahí la magia está servida.
El psicoanalista lo identifica en esa sonrisa a medias, esa mirada dulce y esa transmisión de energía que nos recorre a ambos —analista y analizante—. La sonrisa del deseo es única, se reconoce. Ambos lo reconocen cuando hace presencia en la sala.
Aquello que nos mantiene cerca de la vida
El deseo es aquello que sostiene a alguien cerca de la vida. Es el tipo de vida que uno quiere vivir, es sentir que uno está justo donde quiere estar. Es estar vivo y sentirse vivo, ahí es.
Es una fuente de energía desde la que uno puede actuar y debe hacerlo. Llama con fuerza, golpea una y otra vez hasta que lo oímos.
Estar vivo no es que mi cuerpo biológicamente me mantenga en pie. Podemos estar vivos en este sentido y vivir como si estuviésemos muertos. Cuando el deseo llama, lo hace con fuerza. No se puede desoír. Lo volverá a intentar y seguirá apretando, forzando, desarmonizando todo, hasta que lo escuchemos. Y escucharlo requiere moverse. Esa energía debe tener salida.
Las múltiples formas del deseo
Coloquialmente asociamos el deseo al ámbito sexual y sí, en parte viene de ahí, pues en el sexo desplegamos ese torrente de energía que nos mueve y nos hace sentir vivos. Pero esa energía también puede tomar y de hecho, lo hace, otras direcciones y materializaciones.
El deseo es dinámico, no estático. El deseo muta, se va moviendo y nosotros con él. Cuando frenamos ese movimiento, nos adviene la muerte, la pulsión de muerte.
El precio de escuchar el deseo
¿Y por qué, si es tan maravilloso y tan potente, lo desoímos a veces? Porque no es gratuito. Nos obliga a salir de un sitio para entrar en otro. Alumbra inseguridades y miedos, nos toca muy íntimamente.
No hay otro camino para alcanzarlo que atravesar ese miedo. En el camino quedan cicatrices, pero siempre son menores que las de no moverse.
Estar a la altura del propio deseo
Se trata de estar uno a la hora de su deseo, y no del deseo del Otro.
¿Y qué voy a hacer cuando ese deseo llegue? ¿Seguiré postergando, inventando excusas para no avanzar? ¿O dejaré que algo de ese deseo se materialice para sentirme un poco más en casa?
El deseo implica un salto, un salto muy incómodo que nos pone frente a la incertidumbre. Lo que ganamos con esa materialización parcial del deseo siempre es mayor que la pérdida, pero esto es algo que no descubrimos hasta haber dado el salto.
El deseo supone una puesta en juego, sin saber con certeza qué encontraremos en el abismo: “¿Estaré a la altura?”. Pero hacerlo igualmente, saltar y apostar a que sí.
A veces ese miedo bloquea la materialización del deseo, generando mucha incomodidad. Pero, por suerte, el deseo es una fuerza motora de gran envergadura y va a insistir hasta que logre ser materializado.
Una ética, no una moral
El psicoanálisis trata de facilitar en el sujeto el encuentro con su deseo, no desde la moral, sino desde la ética.
No se trata de lo que “debe hacer”, sino de respetar lo que “quiere hacer”. Tiene que ver con una ley simbólica, no moralista.
Tolerar la parte, sostener el vacío
Es en el útero, en el hueco, donde puede crearse una vida; en el espacio que los frutos dejan a las semillas, donde estas pueden emerger. La falta es el espacio por el que entra la luz.
Entonces, ¿se trata de lograr el todo? ¿O más bien de tolerar la parte como aquello que permite un espacio vacío, habitable, por el que entra la vida?


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